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Relato de una no-espera

Un extraño olor a lavanda entra por la ventana, tal vez sea la manera del viento de anunciar la primavera, las puertas del balcón están abiertas, las pesadas cortinas verdes se quedan quietas ante las nuevas noticias primaverales, mientras las campanitas se mecen suavemente emitiendo un sonido que me calma por unos minutos. Cierro los ojos. Nunca me ha gustado fumar, pero no puedo evitar prender un cigarro de vez en cuando para dejarlo quemarse en el cenicero, mis labios nunca lo tocan, pero el aroma de tabaco quemándose me da cierta paz, apestando mis ansias, los pliegos de tela, mi ridícula ropa y mi ridícula espera.

A él nunca le gustó ese hábito, pensaba que sólo desperdiciaba sus cigarros, tampoco le gustaba que yo durmiera tanto, que tomara tanto vino y que nunca me quitara los calcetines. Supongo que había muchas cosas de mí que nunca le gustaron. Siempre pensé que lo que le gustaba de estar conmigo era amarse a través de mí. Pero eso se puede lograr con cualquiera. A mi nunca me gustó que fumara, y tampoco esperarlo. Nunca me ha gustado esperar. El cigarro sigue prendido, apestando todo, la copa de vino sobre la mesa y un libro que pretendo leer pero que no he empezado, y no lo voy a hacer, al menos no hoy.

Sigo contemplando la nada, aún tengo una hora antes de salir, la verdad es que espero que llegue antes de que yo me vaya. No llevaré mucho, de hecho casi nada, me llevo mis vestidos favoritos, tres libros, la computadora, un mapa de Sudamérica, mi cuaderno, una pluma que me regalaron, postales en blanco, y otro par de zapatos.

vino

Mientras espero recuerdo que Ulalume me presentó a “La mujer ignorada” y yo pensé que tal vez lo escribió para mí (porque no conozco a nadie más que lo haya leído) y me sentí feliz porque Ulalume no me conoce y me regaló un cuento. Lástima esté muerta.

Siento que el mundo se detuvo, la canción que se escucha de fondo parece ir más lento, el humo del cigarro suspendido haciendo figuras abstractas, imagino un mundo perfecto, un mundo de la no-espera, donde nadie espera y el mundo no se detiene porque tampoco espera nada y todos sonríen sin penas, ni esperas, ni ansias.

Pero dejo de imaginar y sigo en el departamento, con la mujer ignorada, con mis cigarros olvidados, mis uñas a medio morder, escribiendo que espero y esperando mientras escribo. A decir verdad no estoy decepcionada, en el fondo sabía que iba a pasar, porque siempre pasa. Cuando dijo que iba a volver no esperaba que lo hiciera, sabía que no lo haría, así que espero su no regreso o no espero su regreso y como no llega (o no llegó), no me decepciona. Juan Carvajal me abraza: “No te vayas, dolor, última forma de amar” y Ulalume me aconseja: “Cuando José regresó había dejado de llover y el pequeño apartamento estaba más vacío que nunca”.

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Carmen

“Nunca te enamores de un hombre con el cabello corto” Solía decirme mi abuela durante las breves visitas que le hacía los domingos. “Esos no son de fiar, son obsesivos, vanidosos, mujeriegos… no, no, no, escúchame bien y no lo hagas” decía sacudiendo la cabeza para después darle un sorbo al café sin azúcar.

La luz y el ruido de la avenida se filtraban por las grandes ventanas que tenía la sala, en las paredes de color claro mi abuela tenía colgados varios sombreros. Sobre la mesa estaban los platos pequeños, el azucarero, mi taza de café con azúcar y una foto color sepia del perfil de una joven de mirada tranquila, cabello largo, impecablemente peinado y semblante firme. Continue reading

Nostalgia del presente

Mirar fijamente por una ventana, contemplar el panorama a través de la celosía, personas que vienen y van, el sol emprendiendo retirada, el ruido del tráfico, la ventana está abierta pero aun así falta aire, ningún suspiro alcanza a llenar los pulmones, para retener ese momento en la memoria.

Sentir el sudor en las manos, incertidumbre, opresión por un sentimiento de pérdida, de no querer dejar escapar ese momento, la fragilidad del instante, que se escapa, cada segundo… La aproximación de la despedida que se posterga hasta que se vuelve inevitable.

Escuchar canciones cargadas de tristeza, añorar que un momento quede en la memoria, así, tal cual, la maleta abierta, el sonido de la lluvia golpeando la ventana, nubes cobijando la ciudad, cerrar los ojos, suspirar, mirar al techo, ganas de fumar, de inhalar, de exhalar.

Degustar un trago amargo, recuerdos de aromas lejanos. Contemplar la habitación sumergida en la noche que acaba de llegar, en el sonido de las primeras lluvias de mayo cayendo, precipitándose ¿será también esto una decisión precipitada? No importa, ya ha sido tomada. Los documentos dispuestos sobre la mesa.

Tomar aire, inflar los pulmones. Secar el sudor de las manos en alguna prenda, el pantalón o la camisa, qué más da. “Nos despediremos cuando sea necesario hacerlo, no antes” no será hoy, por lo pronto.