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Breve historia de amor

 

Voy a contarles un cuento. Esta es la historia de dos personas que se conocieron en algún lugar del mundo que no les pertenecía, que se hablaban en una lengua que no era materna para ninguno, porque venían de mundos diferentes.

Él era un muchacho alto, de cabello castaño claro y ojos tristes, venía de un país al que ella nunca jamás había ido, pero ubicaba en el mapa, de una ciudad cargada de nostalgia, como él, que estaba buscando el mejor lugar para ver las estrellas.

Ya había buscado en una buena parte de los países del viejo mundo, en las ciudades desdichadas, en milenarios monasterios incrustados en montañas altas, en desiertos; probó suerte en el país con los animales más exóticos del planeta, hasta que alguien le dijo que lo que él buscaba se encontraba en el nuevo mundo, así que hizo su maleta, se despidió de sus familiares y pertenencias y partió.

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Sobre su memoria rosas blancas

Escribiré un cuento sobre él, el señor cincuentón que quedó desconcertado al ver a una joven, casi una niña, salir corriendo del bar que era prácticamente suyo, porque pasaba mucho tiempo ahí y conocía a todos los asistentes, pero a ella no, menos con esa mirada, menos con esa prisa, en este bar nadie tenía prisa, ni penas.

Ella irrumpió y destruyó toda la armonía, casi se le estampa por no fijarse por donde corría, corría a prisa, para salir de ahí mientras el entraba y casi se impactan, ¿quién eres niña que corre y a dónde vas con tanta prisa?, mientras Valente Pastor cantaba una canción cuyo nombre no podía recordar, tal vez se llama now or never o una pendejada del estilo, volviendo a la prisa y a la joven casi niña que corría a un rumbo y destino desconocidos para el caballero que aún la miraba, les cuento que ahora ella le daba la espalda y hablaba por teléfono, como si él no existiera, ¿cómo se llama este cuento? ¿El hombre ignorado? ¿Qué demonios le pasaba a esta mocosa?

Yesterday es el nombre del bar y ahora él la recuerda, a ella, a Mariana y se imagina que la chica delgada es sólo una Mariana más, una perra sin corazón, una bruja desalmada que devora corazones, que destruye vidas y arruina seres, una puta Mariana. Y probablemente ahora al pobre diablo con el que está hablando le está diciendo las cosas más hirientes, sus áridas palabras le corroen todo el ser, esa puta lo está matando, alguien debería prevenirlo, informarlo de las desgracias que le acontecerán si sigue escuchándola, si a él le hubieran advertido las desventajas que tendría querer a Mariana se hubiera ahorrado muchas heridas, llantos, gritos, gastos e intentos de suicidio. Continue reading

Como es arriba es abajo…

El sonido del tren aproximándose, el viento frío sacudiendo sus cabellos, el calor de los cuerpos besándose en la oscuridad, por un momento se miran, pareciera que a esa hora las palabras aún no despiertan en ninguna boca.

El tren pasa frente a ellos, y justo cuando cierra los ojos para pedir un deseo, el sonido de la máquina le hace recordar que el amanecer la acecha y en casa no deben notar su ausencia.

Corre por las vías en dirección contraria al tren, lanzando un beso al aire como despedida a su enamorado, que la ve alejarse; al llegar a casa, como de costumbre cuando se entregaba a la noche, brincaba el cancel, escalaba por la pared de los vecinos invadiendo propiedad privada, caminaba por el techo y saltaba directo al jardín para correr (evitando emitir sonido alguno) hasta su cuarto, donde, a velocidad imprudente a esa hora en la que duerme todo el mundo, se desvestía y se escondía rápidamente entre las cobijas.

El sol la descubrió en su hazaña y comenzaba a asomarse por la ventana, iluminando la ropa regada por el cuarto, los libros a medio leer dejados por toda la recámara, las tazas de café olvidadas y la vieja e inservible máquina de escribir que le había regalado un amigo, y que a ella le gustaba por su bonito color rojo, una Olivetti de los 70’s a la que le faltaban teclas fundamentales para la escritura en español.

A los pocos minutos de haberse entregado a los brazos de Morfeo, una intrusa interrumpió en su cuarto y la voz penetró su sueño:

  • Ya despierta, hoy es cumpleaños de la abuela.

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Abrió los ojos con los primeros rayos del día, no pudo evitar sonreír a pesar de la gran cama que ahora sólo compartía su cuerpo, y el vacío que se guarda en los recuerdos. Se sentó y con movimientos lentos se puso las pantuflas que hacían juego con el camisón beige. Recorrió con la mano el tocador, en el que yacían algunos libros esperando ser terminados, se contempló en el espejo, estaba orgullosa de cada una de sus arrugas, que para estas alturas eran ya muchas, las arrugas en el entrecejo de los corajes que había pasado, las de las comisuras de los labios y en el borde de los ojos, de todas las sonrisas que había regalado, de todas las veces que había gesticulado… Su abuelo le había dicho que esas arrugas eran los tatuajes que dejaba el tiempo en la piel como huella de haber vivido, y que debían de ser portadas con orgullo, con el mismo orgullo con que veía a su abuelo, ahora ella las contemplaba frente al espejo.

Se peinó sus cabellos antes negros, ahora blancos en un chongo adornado con una peineta de plata, en sus ojos puso delineador y a sus pestañas las llenó de mascara, para sus labios eligió un color ciruela, y se puso un vestido magenta que le pareció el indicado para la ocasión, porque sin importar la edad, las mujeres siempre visten acorde a la ocasión.

Tocador

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El café estaba ya en la taza y la taza vacilaba en sus labios, tenía unas ojeras gigantes que ni con todo un bote de maquillaje hubiera podido esconder, los pensamientos más despeinados que el cabello y un dolor de cabeza que le hacía sentir como si su cerebro estuviera inflamado y estuviera a punto de desparramarse por su cráneo.

  • Termínate eso ya y vístete rápido, no podemos llegar tarde.

Como respuesta sólo atinó a cerrar los ojos y a darle un trago al café que le quemó la lengua. Se llevó el café y el pan a su cuarto y se volvió a acostar en la cama, sus manos por inercia tomaron las cobijas, se envolvió en ellas y aflojó el cuerpo.

  • No mames, en serio ya párate – Le regañó su hermana desde el marco de la puerta.

Refunfuñando se desenvolvió, tomó las prendas que tenía a la mano y vaciló… Se decidió por un vestido amarillo mostaza que le gustaba mucho a su abuela. Después de bañarse, vestirse y peinarse, salió a donde su familia la esperaba con el carro encendido y expresión desesperada.

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Como de costumbre, acomodó todos los floreros en la gran mesa del jardín, todos sabían que ella amaba las flores y nadie llegaba sin un ramo para ella. Acomodó las sillas y dispuso la mesa, contempló por un momento el vasto jardín que rodeaba la casa, sonrió de nuevo al recordar al hombre que la acompañó hasta la vejez, un buen tramo de su vida lo había recorrido con él, y no había día que no sintiera el peso de su ausencia, como si se lo hubieran quitado apenas ayer…

Sus meditaciones se vieron interrumpidas por los primeros invitados, su hijo mayor con su esposa y sus dos hijos, llevaban un ramo con lylys blancas, las recibió encantada y le dio un abrazo cálido a cada uno, su muchacho ya era un hombre de familia, se parecía tanto a su viejo enamorado…

  • Pero qué guapa – le dijo besando su mano, un gesto que le aprendió a su padre.
  • Tú siempre tan galán

Flores amarillas

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  • De verdad no me siento muy bien, y me dan mucha hueva estas cosas.

Tenía los brazos cruzados y el gesto pesado de la resignación evidente, su papá iba al volante, ignorando sus quejas, su madre, cansada de los alegatos y su hermana escuchando su propio sound track en un dispositivo electrónico.

  • Hija, hace mucho que no la vemos, además hoy van a ir todos, es su cumpleaños número 70 y van a tomar la foto familiar.
  • Me pueden agregar con PhotoShop
  • No seas así, cuando tengas una familia entenderás lo importante que es tenerlos cerca y lo bonito que se siente que todos se reúnan.
  • ¿Familia? Yo nunca voy a tener una familia
  • No digas tonterías – dijo su padre estacionando el carro.
  • No, jamás, te apuesto diez mil pesos a que no – Retó azotando la puerta al bajarse del vehículo.

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Los floreros estaban llenos, los niños jugaban en el jardín a la pelota, a las traes, encantados… mientras los adultos se carcajeaban en la mesa con las historias que contaba, siempre había tenido el don de hacer reír a quien la escuchara con sus ocurrencias.

  • ¿Está ya la familia completa? – Preguntó el fotógrafo contratado para la ocasión

Ella miró a su alrededor, con las comisuras de la boca apuntando al cielo

  • Sí, querido, me parece que sí.

carro77

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Llegaron justo a tiempo, después de la advertencia “no quiero getas” de su papá, cambió la cara por una disimulada sonrisa y su resignación se volvió más un gesto de cansancio, estaban todos cantando las mañanitas en torno al pastel dentro de la pequeña sala, se apretaban entre primos, tíos y hermanos, mientras la abuela sonreía con un gesto de tranquilidad impasible propia de los que están satisfechos con su obra.

La abuela apagó las velas, y se dejó abrazar por su vasta familia, a la que ella llamaba su creación “fíjate todo lo que pasó porque le dije acepto a este viejo” solía decir dando palmadas en la pierna del abuelo, que sonreía en silencio.

  • ¡Milagro de la virgen morena! – Exclamó el abuelo al verla llegar hasta la abuela.

Ella no pudo más que contener una sonrisa de niña traviesa atrapada en la movida y levantar los hombros. La abuela, contemplándola con una mirada de agradecimiento y ternura, le tomó con las dos manos la cara y posó sus firmes ojos sobre los de ella, sus manos gorditas y pesadas en sus cachetes, sus ojos verdes, su cabello blanco teñido rojo, las pecas de su cara, todo en ella impecable, su abuela, la que odiaba a los hombres de cabello corto, la que a pesar de todas sus ausencias la recibía como a la nieta pródiga.

  • Me da mucho gusto que vengas a verme, hija
  • A mi me da mucho gusto verla – dijo abrazándola, con toda la sinceridad con la que aquel instante la golpeó. El abuelo le dio tres palmadas en la espalda y su padre le sacó una foto, en la que se veía su espalda y la cara de la abuela en la que una sonrisa de felicidad y satisfacción brillaban más que el color mostaza del vestido que tanto le gustaba.

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Se acomodaron todos en la estancia para la foto, no era una familia muy grande, pero sí muy unida, ella en el centro, sus hijos del lado izquierdo, y a su derecho su hermana, y sus sobrinos, y todos los nietos sentados en el piso. Aquel instante quedó capturado en la cámara, y quedaría impreso en papel. Después de que tomaron las fotografías, la familia volvió a la animada conversación y los niños a jugar en el jardín.

Antes de volver al jardín, miró en dirección al fotógrafo, detrás de él, sobre un mueble de caoba descansaban su vieja e inservible Olivetti roja de los 70’s, brillando junto a la fotografía de una joven versión de ella con un vestido amarillo mostaza abrazando a una anciana de cabellos teñidos de un rojo brillante.

Como lo prometí

Ambos eran estudiantes de universidad cuando se conocieron, fue en una conferencia sobre fotografía análoga donde entablaron su primera conversación, y si no fue amor a primera vista si fue un romance, como todos los romances universitarios, con varias entrevistas y sesiones, donde les pareció, después de examinar minuciosamente al otro, que sería una buena idea caminar de la mano por los pasillos y pasar tiempo juntos.

Se entendieron muy bien y pasaron juntos más de 175 días, haciendo las cosas que hacen lo que están juntos, hablaban de las cosas que hablan los que se quieren, se peleaban, se pensaban más de 7 minutos diarios y se extrañaban cuando no estaban cerca uno del otro, se leían poemas, se dedicaban canciones, entre las demás actividades que realizan los que están juntos y se quieren. Como todas las parejas tenían sus chistes locales, crearon una burbuja sólo para ellos y se hicieron promesas que no se tomarían la molestia de cumplir. Un domingo, caminando por el centro de una ciudad mexicana se encontraron un libro de un autor que a ambos les gustaba mucho, ella le apostó que aquel libro era el primero que había escrito y él le aseguró que perdería la apuesta porque ese libro era el segundo.

– Te apuesto el resto de mi vida a que este es el primer libro – dijo con el libro en la mano izquierda y mirada retadora.

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