Category Archives: Cuento

Las pequeñas cosas

Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia

“Voy a creer que vas a salir corriendo”, dijo Lupita* meneando la cabeza de un lado a otro. Nunca la había visto con los ojos tan grandes. Llevaba un saco amarillo mostaza y el cabello impecablemente peinado en una trenza. No sé si era el efecto de la luz o de mi coraje, pero le brillaba la cara. Por un momento pensé que se iba a derretir.

Jessy se limitó a recoger la mesa sin decir nada. Tomó las tazas vacías, el plato con las sobras de galletas y desapareció por la puerta de cristal. Martha tampoco decía nada. Como yo, contemplaba a Lupita. No sabíamos cómo manejar la reacción de nuestra compañera, y es que ella está sindicalizada. Yo no entiendo mucho de esos temas, la verdad ni me interesan, pero entiendo que al estar sindicalizado eres una persona intensa que tiene privilegios como no ir a trabajar en tu cumpleaños y se la van a pensar dos veces antes de correrte, porque puede haber escándalo o algo así. Lupita es (o está) sindicalizada, pero no por eso le tiene menos miedo a su patrón. Supongo que Martha, siempre tan conciliadora, pensaba qué decir para aligerar la situación.

Lupita me miraba fijamente. Tal vez esperaba que yo dijera algo. Yo pensaba que no debía explicaciones, por mucho cariño que le tuviera. No estaba corriendo. A mí nunca me ha gustado correr. No corro ni aunque me persigan. Llevaba meses planeando dar el golpe. Las primeras veces justifiqué las groserías de mi jefe con cansancio que tenía por su carga de trabajo. Habían sido meses difíciles para todos y le habían llovido algunos periodicazos, así que pasaba por alto sus comentarios diciéndome que debía estar pasando por un muy mal momento. A los pocos meses fui testigo de cómo maltrataba y sobajaba a otras personas, la mayoría mujeres, y traté de justificarlo pensando que estaba bajo mucha presión por los eventos que venían con el cierre del año.

Poco a poco los comentarios se transformaron en acciones y diálogos que buscaban reducirme a un tamaño minúsculo para después soplarme como se sopla una pestaña cuando se sostiene en la punta de los dedos al pedir un deseo.

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Dramatización de un día laboral

Mi hermana fue la primera en notarlo. “Pensé que no traías zapatos”, me dijo, y se puso al lado de mí: “juraría que eras más alta”. Decidí no hacer caso, pero mi ropa no mentía: los vestidos que antes me llegaban arriba de la rodilla ahora llegaban a la pantorrilla, incluso las mangas cada día me quedaban más largas.

Así mi estatura empezó a cambiar. Ya no medía un metro con 62 centímetros cuando había empezado a trabajar ahí. Dejé de medirme cuando iba en un metro con 40, pero la ropa seguía mostrándome la realidad que yo quería ignorar. Empecé a preocuparme: qué pasaría si un día me volvía tan chiquita como una hormiga y alguien me pisaba, o si un día al llegar a casa Luis no me encontraba y se iba con otra… Ah no, eso sí que jamás lo voy a permitir. Luis se va a quedar conmigo para siempre. Y aunque Luis hacía mucho que había notado el cambio, amablemente decidió no agobiarme con el tema de mi encogimiento. Él siempre ha sido muy inteligente y sabía que la primera en notar el cambio de tamaño sería yo.

Fui a terapias de todo tipo, incluso de electroshock y de estiramiento de huesos para recuperar mi tamaño. Pero nada funcionaba. Me limitaba a llorar por la noche, mientras Luis me abrazaba y me decía que me iba a querer siempre, y que si me volvía muy chiquita me haría una casa en uno de los cajones del clóset, o hacía bromas como que podría montarme en alguno de nuestros perros para bajar a la cocina. Lo hice firmar un documento ante notario que estipulaba que aunque yo midiera un centímetro jamás se enamoraría de otra mujer con tamaño convencional. Guardé el documento en mi caja fuerte junto con los registros de audio en los que Luis afirma que me va a querer siempre, seguidos de su nombre y cargo.

Estaba llorando un día en mi escritorio cuando me llegó a la cabeza una idea: cada que mi jefe fuera grosero conmigo, yo tomaría uno de mis objetos personales de mi oficina y lo llevaría a casa. Esa sería mi venganza, deshabitar el estúpido espacio blanco incandescente que funcionaba como oficina. Por lo menos mis cosas serían más felices en otro lugar. Así cada día regresaba con una o dos cosas y las ponía en el librero donde Luis guarda sus películas. Primero fueron los objetos decorativos: los perritos de porcelana, la taza de lápices, la cubeta dorada, las plantas miniaturas, los posters con ilustraciones, las libretas, seguido de los objetos de uso cotidiano: la taza para el café, el cepillo de dientes, mis post its favoritos.

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Ejemplo de objetos secuestrados y un perro

Yo ya lo había notado, pero esperé a ver si Luis se daba cuenta. Fue un jueves, en una de nuestras citas de amor. “Te veo más alta”, observó. Me levanté de mi silla y corrí a abrazarlo. Había crecido dos centímetros en el último mes. Celebramos con el vino más caro del restaurante. Ninguno de los dos sabe de vinos, pero hicimos como que sí y brindamos por los objetos que descansaban en el librero.

Mientras más objetos llevaba a casa, más centímetros recuperaba. Era un proceso lento y debía ser cuidadosa, porque desde que desapareció el teléfono fijo que había en mi escritorio, instalaron cuatro cámaras de seguridad en la oficina. Una en cada esquina. No quería levantar sospechas, así que siempre dejaba muchos papeles sobre mi escritorio. Fuera de eso ya no tenía nada que llevarme a casa. Me preocupé, tenía que pensar en algo: no podía perder los centímetros que había ganado con tanto trabajo.

Detecté los puntos ciegos de las cámaras y, discretamente, los lunes dejaba ahí los objetos que secuestraría, para los jueves llevarlos a casa. Las primeras cosas fueron sencillas: las libretas de Lupita, los trapos de Jessy, las ranitas de Martha. Al principio a Luis le divertía verme llegar con esas cositas. “Las voy a regresar antes de salir de vacaciones”, le decía, pero por dentro los dos sabíamos que no tenía intenciones de regresarlo.

El día que llegué con la silla de mi jefe Luis se quedó boquiabierto. “¿Cómo le hiciste para que no se dieran cuenta?”, me preguntó. Le expliqué que se había ido la luz en el edificio y que había aprovechado para hacer los secuestros correspondientes del mes. Me ayudó a bajar el archivero y la gaveta del carro. Los dejamos en el patio junto a la cafetera industrial y a la trituradora. No hizo más preguntas.

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Recreación de espacio de trabajo. La oficina original solicitó quedarse en el anonimato

Ambos sabíamos que no podíamos seguir así: la casa estaba llena de cosas y era muy difícil desplazarnos de un lugar a otro sin chocar contra algo: El piso había desaparecido, igual que algunas paredes, y se nos había perdido la cocina. Sobra decir que yo ya era más alta que Luis. Para él eso no era un problema, porque siempre ha sido feminista y apoya cosas como que las mujeres sean más altas que los hombres. El verdadero problema era que me daba mucho frío en la noche porque las cobijas no tapaban mis pies.

Las personas en el edificio comenzaban a sospechar. Ya habían llamado a una médium, porque pensaban que las cosas se estaban yendo al Más Allá. Ella les dijo que las cosas seguían en este plano, pero en otro lugar. Decidí que lo mejor sería regresar las cosas a su lugar y recuperar mi tamaño regular, que comenzaba a olvidar. Y una vez que recuperara mi estatura renunciaría al trabajo. En fin, había ahorrado suficiente y podría dedicarme a pasear perros. Con los que tenemos en casa podría cobrarle a Luis el equivalente a mi parte de la renta.

Dos meses después ya medía lo que consideraba una estatura estándar. Decidí ser más bajita que Luis porque me gusta esconderme en su pecho cuando me abraza. Me queda justo la nariz en donde se pone perfume. El teléfono había regresado del Más Allá y mi jefe había comprado nuevo mobiliario.

“No está corriendo, Lupita”, intervino por fin Martha. Siempre supe que ella conocía mi secreto, pero no por qué decidió guardarlo. “Su salida es un mal necesario”.

*Para evitar problemas con el sindicato, el nombre de este personaje ha sido cambiado. Nota del editor
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Breve historia de amor

 

Voy a contarles un cuento. Esta es la historia de dos personas que se conocieron en algún lugar del mundo que no les pertenecía, que se hablaban en una lengua que no era materna para ninguno, porque venían de mundos diferentes.

Él era un muchacho alto, de cabello castaño claro y ojos tristes, venía de un país al que ella nunca jamás había ido, pero ubicaba en el mapa, de una ciudad cargada de nostalgia, como él, que estaba buscando el mejor lugar para ver las estrellas.

Ya había buscado en una buena parte de los países del viejo mundo, en las ciudades desdichadas, en milenarios monasterios incrustados en montañas altas, en desiertos; probó suerte en el país con los animales más exóticos del planeta, hasta que alguien le dijo que lo que él buscaba se encontraba en el nuevo mundo, así que hizo su maleta, se despidió de sus familiares y pertenencias y partió.

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Carmen

“Nunca te enamores de un hombre con el cabello corto” Solía decirme mi abuela durante las breves visitas que le hacía los domingos. “Esos no son de fiar, son obsesivos, vanidosos, mujeriegos… no, no, no, escúchame bien y no lo hagas” decía sacudiendo la cabeza para después darle un sorbo al café sin azúcar.

La luz y el ruido de la avenida se filtraban por las grandes ventanas que tenía la sala, en las paredes de color claro mi abuela tenía colgados varios sombreros. Sobre la mesa estaban los platos pequeños, el azucarero, mi taza de café con azúcar y una foto color sepia del perfil de una joven de mirada tranquila, cabello largo, impecablemente peinado y semblante firme. Continue reading

Sobre su memoria rosas blancas

Escribiré un cuento sobre él, el señor cincuentón que quedó desconcertado al ver a una joven, casi una niña, salir corriendo del bar que era prácticamente suyo, porque pasaba mucho tiempo ahí y conocía a todos los asistentes, pero a ella no, menos con esa mirada, menos con esa prisa, en este bar nadie tenía prisa, ni penas.

Ella irrumpió y destruyó toda la armonía, casi se le estampa por no fijarse por donde corría, corría a prisa, para salir de ahí mientras el entraba y casi se impactan, ¿quién eres niña que corre y a dónde vas con tanta prisa?, mientras Valente Pastor cantaba una canción cuyo nombre no podía recordar, tal vez se llama now or never o una pendejada del estilo, volviendo a la prisa y a la joven casi niña que corría a un rumbo y destino desconocidos para el caballero que aún la miraba, les cuento que ahora ella le daba la espalda y hablaba por teléfono, como si él no existiera, ¿cómo se llama este cuento? ¿El hombre ignorado? ¿Qué demonios le pasaba a esta mocosa?

Yesterday es el nombre del bar y ahora él la recuerda, a ella, a Mariana y se imagina que la chica delgada es sólo una Mariana más, una perra sin corazón, una bruja desalmada que devora corazones, que destruye vidas y arruina seres, una puta Mariana. Y probablemente ahora al pobre diablo con el que está hablando le está diciendo las cosas más hirientes, sus áridas palabras le corroen todo el ser, esa puta lo está matando, alguien debería prevenirlo, informarlo de las desgracias que le acontecerán si sigue escuchándola, si a él le hubieran advertido las desventajas que tendría querer a Mariana se hubiera ahorrado muchas heridas, llantos, gritos, gastos e intentos de suicidio. Continue reading

Como es arriba es abajo…

El sonido del tren aproximándose, el viento frío sacudiendo sus cabellos, el calor de los cuerpos besándose en la oscuridad, por un momento se miran, pareciera que a esa hora las palabras aún no despiertan en ninguna boca.

El tren pasa frente a ellos, y justo cuando cierra los ojos para pedir un deseo, el sonido de la máquina le hace recordar que el amanecer la acecha y en casa no deben notar su ausencia.

Corre por las vías en dirección contraria al tren, lanzando un beso al aire como despedida a su enamorado, que la ve alejarse; al llegar a casa, como de costumbre cuando se entregaba a la noche, brincaba el cancel, escalaba por la pared de los vecinos invadiendo propiedad privada, caminaba por el techo y saltaba directo al jardín para correr (evitando emitir sonido alguno) hasta su cuarto, donde, a velocidad imprudente a esa hora en la que duerme todo el mundo, se desvestía y se escondía rápidamente entre las cobijas.

El sol la descubrió en su hazaña y comenzaba a asomarse por la ventana, iluminando la ropa regada por el cuarto, los libros a medio leer dejados por toda la recámara, las tazas de café olvidadas y la vieja e inservible máquina de escribir que le había regalado un amigo, y que a ella le gustaba por su bonito color rojo, una Olivetti de los 70’s a la que le faltaban teclas fundamentales para la escritura en español.

A los pocos minutos de haberse entregado a los brazos de Morfeo, una intrusa interrumpió en su cuarto y la voz penetró su sueño:

  • Ya despierta, hoy es cumpleaños de la abuela.

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Abrió los ojos con los primeros rayos del día, no pudo evitar sonreír a pesar de la gran cama que ahora sólo compartía su cuerpo, y el vacío que se guarda en los recuerdos. Se sentó y con movimientos lentos se puso las pantuflas que hacían juego con el camisón beige. Recorrió con la mano el tocador, en el que yacían algunos libros esperando ser terminados, se contempló en el espejo, estaba orgullosa de cada una de sus arrugas, que para estas alturas eran ya muchas, las arrugas en el entrecejo de los corajes que había pasado, las de las comisuras de los labios y en el borde de los ojos, de todas las sonrisas que había regalado, de todas las veces que había gesticulado… Su abuelo le había dicho que esas arrugas eran los tatuajes que dejaba el tiempo en la piel como huella de haber vivido, y que debían de ser portadas con orgullo, con el mismo orgullo con que veía a su abuelo, ahora ella las contemplaba frente al espejo.

Se peinó sus cabellos antes negros, ahora blancos en un chongo adornado con una peineta de plata, en sus ojos puso delineador y a sus pestañas las llenó de mascara, para sus labios eligió un color ciruela, y se puso un vestido magenta que le pareció el indicado para la ocasión, porque sin importar la edad, las mujeres siempre visten acorde a la ocasión.

Tocador

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El café estaba ya en la taza y la taza vacilaba en sus labios, tenía unas ojeras gigantes que ni con todo un bote de maquillaje hubiera podido esconder, los pensamientos más despeinados que el cabello y un dolor de cabeza que le hacía sentir como si su cerebro estuviera inflamado y estuviera a punto de desparramarse por su cráneo.

  • Termínate eso ya y vístete rápido, no podemos llegar tarde.

Como respuesta sólo atinó a cerrar los ojos y a darle un trago al café que le quemó la lengua. Se llevó el café y el pan a su cuarto y se volvió a acostar en la cama, sus manos por inercia tomaron las cobijas, se envolvió en ellas y aflojó el cuerpo.

  • No mames, en serio ya párate – Le regañó su hermana desde el marco de la puerta.

Refunfuñando se desenvolvió, tomó las prendas que tenía a la mano y vaciló… Se decidió por un vestido amarillo mostaza que le gustaba mucho a su abuela. Después de bañarse, vestirse y peinarse, salió a donde su familia la esperaba con el carro encendido y expresión desesperada.

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Como de costumbre, acomodó todos los floreros en la gran mesa del jardín, todos sabían que ella amaba las flores y nadie llegaba sin un ramo para ella. Acomodó las sillas y dispuso la mesa, contempló por un momento el vasto jardín que rodeaba la casa, sonrió de nuevo al recordar al hombre que la acompañó hasta la vejez, un buen tramo de su vida lo había recorrido con él, y no había día que no sintiera el peso de su ausencia, como si se lo hubieran quitado apenas ayer…

Sus meditaciones se vieron interrumpidas por los primeros invitados, su hijo mayor con su esposa y sus dos hijos, llevaban un ramo con lylys blancas, las recibió encantada y le dio un abrazo cálido a cada uno, su muchacho ya era un hombre de familia, se parecía tanto a su viejo enamorado…

  • Pero qué guapa – le dijo besando su mano, un gesto que le aprendió a su padre.
  • Tú siempre tan galán

Flores amarillas

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  • De verdad no me siento muy bien, y me dan mucha hueva estas cosas.

Tenía los brazos cruzados y el gesto pesado de la resignación evidente, su papá iba al volante, ignorando sus quejas, su madre, cansada de los alegatos y su hermana escuchando su propio sound track en un dispositivo electrónico.

  • Hija, hace mucho que no la vemos, además hoy van a ir todos, es su cumpleaños número 70 y van a tomar la foto familiar.
  • Me pueden agregar con PhotoShop
  • No seas así, cuando tengas una familia entenderás lo importante que es tenerlos cerca y lo bonito que se siente que todos se reúnan.
  • ¿Familia? Yo nunca voy a tener una familia
  • No digas tonterías – dijo su padre estacionando el carro.
  • No, jamás, te apuesto diez mil pesos a que no – Retó azotando la puerta al bajarse del vehículo.

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Los floreros estaban llenos, los niños jugaban en el jardín a la pelota, a las traes, encantados… mientras los adultos se carcajeaban en la mesa con las historias que contaba, siempre había tenido el don de hacer reír a quien la escuchara con sus ocurrencias.

  • ¿Está ya la familia completa? – Preguntó el fotógrafo contratado para la ocasión

Ella miró a su alrededor, con las comisuras de la boca apuntando al cielo

  • Sí, querido, me parece que sí.

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Llegaron justo a tiempo, después de la advertencia “no quiero getas” de su papá, cambió la cara por una disimulada sonrisa y su resignación se volvió más un gesto de cansancio, estaban todos cantando las mañanitas en torno al pastel dentro de la pequeña sala, se apretaban entre primos, tíos y hermanos, mientras la abuela sonreía con un gesto de tranquilidad impasible propia de los que están satisfechos con su obra.

La abuela apagó las velas, y se dejó abrazar por su vasta familia, a la que ella llamaba su creación “fíjate todo lo que pasó porque le dije acepto a este viejo” solía decir dando palmadas en la pierna del abuelo, que sonreía en silencio.

  • ¡Milagro de la virgen morena! – Exclamó el abuelo al verla llegar hasta la abuela.

Ella no pudo más que contener una sonrisa de niña traviesa atrapada en la movida y levantar los hombros. La abuela, contemplándola con una mirada de agradecimiento y ternura, le tomó con las dos manos la cara y posó sus firmes ojos sobre los de ella, sus manos gorditas y pesadas en sus cachetes, sus ojos verdes, su cabello blanco teñido rojo, las pecas de su cara, todo en ella impecable, su abuela, la que odiaba a los hombres de cabello corto, la que a pesar de todas sus ausencias la recibía como a la nieta pródiga.

  • Me da mucho gusto que vengas a verme, hija
  • A mi me da mucho gusto verla – dijo abrazándola, con toda la sinceridad con la que aquel instante la golpeó. El abuelo le dio tres palmadas en la espalda y su padre le sacó una foto, en la que se veía su espalda y la cara de la abuela en la que una sonrisa de felicidad y satisfacción brillaban más que el color mostaza del vestido que tanto le gustaba.

******

Se acomodaron todos en la estancia para la foto, no era una familia muy grande, pero sí muy unida, ella en el centro, sus hijos del lado izquierdo, y a su derecho su hermana, y sus sobrinos, y todos los nietos sentados en el piso. Aquel instante quedó capturado en la cámara, y quedaría impreso en papel. Después de que tomaron las fotografías, la familia volvió a la animada conversación y los niños a jugar en el jardín.

Antes de volver al jardín, miró en dirección al fotógrafo, detrás de él, sobre un mueble de caoba descansaban su vieja e inservible Olivetti roja de los 70’s, brillando junto a la fotografía de una joven versión de ella con un vestido amarillo mostaza abrazando a una anciana de cabellos teñidos de un rojo brillante.

Como lo prometí

Ambos eran estudiantes de universidad cuando se conocieron, fue en una conferencia sobre fotografía análoga donde entablaron su primera conversación, y si no fue amor a primera vista si fue un romance, como todos los romances universitarios, con varias entrevistas y sesiones, donde les pareció, después de examinar minuciosamente al otro, que sería una buena idea caminar de la mano por los pasillos y pasar tiempo juntos.

Se entendieron muy bien y pasaron juntos más de 175 días, haciendo las cosas que hacen lo que están juntos, hablaban de las cosas que hablan los que se quieren, se peleaban, se pensaban más de 7 minutos diarios y se extrañaban cuando no estaban cerca uno del otro, se leían poemas, se dedicaban canciones, entre las demás actividades que realizan los que están juntos y se quieren. Como todas las parejas tenían sus chistes locales, crearon una burbuja sólo para ellos y se hicieron promesas que no se tomarían la molestia de cumplir. Un domingo, caminando por el centro de una ciudad mexicana se encontraron un libro de un autor que a ambos les gustaba mucho, ella le apostó que aquel libro era el primero que había escrito y él le aseguró que perdería la apuesta porque ese libro era el segundo.

– Te apuesto el resto de mi vida a que este es el primer libro – dijo con el libro en la mano izquierda y mirada retadora.

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