Author Archives: Valeria Dimanche

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México. Gestión Cultural. Contacto: valeria.dimanche@gmail.com

Las pequeñas cosas

Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia

“Voy a creer que vas a salir corriendo”, dijo Lupita* meneando la cabeza de un lado a otro. Nunca la había visto con los ojos tan grandes. Llevaba un saco amarillo mostaza y el cabello impecablemente peinado en una trenza. No sé si era el efecto de la luz o de mi coraje, pero le brillaba la cara. Por un momento pensé que se iba a derretir.

Jessy se limitó a recoger la mesa sin decir nada. Tomó las tazas vacías, el plato con las sobras de galletas y desapareció por la puerta de cristal. Martha tampoco decía nada. Como yo, contemplaba a Lupita. No sabíamos cómo manejar la reacción de nuestra compañera, y es que ella está sindicalizada. Yo no entiendo mucho de esos temas, la verdad ni me interesan, pero entiendo que al estar sindicalizado eres una persona intensa que tiene privilegios como no ir a trabajar en tu cumpleaños y se la van a pensar dos veces antes de correrte, porque puede haber escándalo o algo así. Lupita es (o está) sindicalizada, pero no por eso le tiene menos miedo a su patrón. Supongo que Martha, siempre tan conciliadora, pensaba qué decir para aligerar la situación.

Lupita me miraba fijamente. Tal vez esperaba que yo dijera algo. Yo pensaba que no debía explicaciones, por mucho cariño que le tuviera. No estaba corriendo. A mí nunca me ha gustado correr. No corro ni aunque me persigan. Llevaba meses planeando dar el golpe. Las primeras veces justifiqué las groserías de mi jefe con cansancio que tenía por su carga de trabajo. Habían sido meses difíciles para todos y le habían llovido algunos periodicazos, así que pasaba por alto sus comentarios diciéndome que debía estar pasando por un muy mal momento. A los pocos meses fui testigo de cómo maltrataba y sobajaba a otras personas, la mayoría mujeres, y traté de justificarlo pensando que estaba bajo mucha presión por los eventos que venían con el cierre del año.

Poco a poco los comentarios se transformaron en acciones y diálogos que buscaban reducirme a un tamaño minúsculo para después soplarme como se sopla una pestaña cuando se sostiene en la punta de los dedos al pedir un deseo.

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Dramatización de un día laboral

Mi hermana fue la primera en notarlo. “Pensé que no traías zapatos”, me dijo, y se puso al lado de mí: “juraría que eras más alta”. Decidí no hacer caso, pero mi ropa no mentía: los vestidos que antes me llegaban arriba de la rodilla ahora llegaban a la pantorrilla, incluso las mangas cada día me quedaban más largas.

Así mi estatura empezó a cambiar. Ya no medía un metro con 62 centímetros cuando había empezado a trabajar ahí. Dejé de medirme cuando iba en un metro con 40, pero la ropa seguía mostrándome la realidad que yo quería ignorar. Empecé a preocuparme: qué pasaría si un día me volvía tan chiquita como una hormiga y alguien me pisaba, o si un día al llegar a casa Luis no me encontraba y se iba con otra… Ah no, eso sí que jamás lo voy a permitir. Luis se va a quedar conmigo para siempre. Y aunque Luis hacía mucho que había notado el cambio, amablemente decidió no agobiarme con el tema de mi encogimiento. Él siempre ha sido muy inteligente y sabía que la primera en notar el cambio de tamaño sería yo.

Fui a terapias de todo tipo, incluso de electroshock y de estiramiento de huesos para recuperar mi tamaño. Pero nada funcionaba. Me limitaba a llorar por la noche, mientras Luis me abrazaba y me decía que me iba a querer siempre, y que si me volvía muy chiquita me haría una casa en uno de los cajones del clóset, o hacía bromas como que podría montarme en alguno de nuestros perros para bajar a la cocina. Lo hice firmar un documento ante notario que estipulaba que aunque yo midiera un centímetro jamás se enamoraría de otra mujer con tamaño convencional. Guardé el documento en mi caja fuerte junto con los registros de audio en los que Luis afirma que me va a querer siempre, seguidos de su nombre y cargo.

Estaba llorando un día en mi escritorio cuando me llegó a la cabeza una idea: cada que mi jefe fuera grosero conmigo, yo tomaría uno de mis objetos personales de mi oficina y lo llevaría a casa. Esa sería mi venganza, deshabitar el estúpido espacio blanco incandescente que funcionaba como oficina. Por lo menos mis cosas serían más felices en otro lugar. Así cada día regresaba con una o dos cosas y las ponía en el librero donde Luis guarda sus películas. Primero fueron los objetos decorativos: los perritos de porcelana, la taza de lápices, la cubeta dorada, las plantas miniaturas, los posters con ilustraciones, las libretas, seguido de los objetos de uso cotidiano: la taza para el café, el cepillo de dientes, mis post its favoritos.

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Ejemplo de objetos secuestrados y un perro

Yo ya lo había notado, pero esperé a ver si Luis se daba cuenta. Fue un jueves, en una de nuestras citas de amor. “Te veo más alta”, observó. Me levanté de mi silla y corrí a abrazarlo. Había crecido dos centímetros en el último mes. Celebramos con el vino más caro del restaurante. Ninguno de los dos sabe de vinos, pero hicimos como que sí y brindamos por los objetos que descansaban en el librero.

Mientras más objetos llevaba a casa, más centímetros recuperaba. Era un proceso lento y debía ser cuidadosa, porque desde que desapareció el teléfono fijo que había en mi escritorio, instalaron cuatro cámaras de seguridad en la oficina. Una en cada esquina. No quería levantar sospechas, así que siempre dejaba muchos papeles sobre mi escritorio. Fuera de eso ya no tenía nada que llevarme a casa. Me preocupé, tenía que pensar en algo: no podía perder los centímetros que había ganado con tanto trabajo.

Detecté los puntos ciegos de las cámaras y, discretamente, los lunes dejaba ahí los objetos que secuestraría, para los jueves llevarlos a casa. Las primeras cosas fueron sencillas: las libretas de Lupita, los trapos de Jessy, las ranitas de Martha. Al principio a Luis le divertía verme llegar con esas cositas. “Las voy a regresar antes de salir de vacaciones”, le decía, pero por dentro los dos sabíamos que no tenía intenciones de regresarlo.

El día que llegué con la silla de mi jefe Luis se quedó boquiabierto. “¿Cómo le hiciste para que no se dieran cuenta?”, me preguntó. Le expliqué que se había ido la luz en el edificio y que había aprovechado para hacer los secuestros correspondientes del mes. Me ayudó a bajar el archivero y la gaveta del carro. Los dejamos en el patio junto a la cafetera industrial y a la trituradora. No hizo más preguntas.

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Recreación de espacio de trabajo. La oficina original solicitó quedarse en el anonimato

Ambos sabíamos que no podíamos seguir así: la casa estaba llena de cosas y era muy difícil desplazarnos de un lugar a otro sin chocar contra algo: El piso había desaparecido, igual que algunas paredes, y se nos había perdido la cocina. Sobra decir que yo ya era más alta que Luis. Para él eso no era un problema, porque siempre ha sido feminista y apoya cosas como que las mujeres sean más altas que los hombres. El verdadero problema era que me daba mucho frío en la noche porque las cobijas no tapaban mis pies.

Las personas en el edificio comenzaban a sospechar. Ya habían llamado a una médium, porque pensaban que las cosas se estaban yendo al Más Allá. Ella les dijo que las cosas seguían en este plano, pero en otro lugar. Decidí que lo mejor sería regresar las cosas a su lugar y recuperar mi tamaño regular, que comenzaba a olvidar. Y una vez que recuperara mi estatura renunciaría al trabajo. En fin, había ahorrado suficiente y podría dedicarme a pasear perros. Con los que tenemos en casa podría cobrarle a Luis el equivalente a mi parte de la renta.

Dos meses después ya medía lo que consideraba una estatura estándar. Decidí ser más bajita que Luis porque me gusta esconderme en su pecho cuando me abraza. Me queda justo la nariz en donde se pone perfume. El teléfono había regresado del Más Allá y mi jefe había comprado nuevo mobiliario.

“No está corriendo, Lupita”, intervino por fin Martha. Siempre supe que ella conocía mi secreto, pero no por qué decidió guardarlo. “Su salida es un mal necesario”.

*Para evitar problemas con el sindicato, el nombre de este personaje ha sido cambiado. Nota del editor
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La triste historia del gusano quemador (y cómo no hice nada por salvarlo)

Podrá parecer una pendejada, los bichos mueren aplastados todo el tiempo, sobre todo si son feos. He matado cucarachas y no me arrepiento. Sin embargo el suceso del día de hoy me afectó (tal vez más de lo que debería), y como ya no puedo hacer nada para cambiar lo que no hice, escribo, porque al final de cuentas era una vida y no hice absolutamente nada para salvarla.

Eran las diez treinta de la mañana, decidí ir caminando de mi oficina al lugar donde a las once de la mañana tenía una cita. Para llegar debía atravesar una plancha de concreto que funciona como estacionamiento. No llevaba audífonos, quería que los sonidos de la calle me acompañaran.

Cuando llegué a la salida del estacionamiento vi un gusano quemador, pensé que ahí lo iban a apachurrar y me detuve a contemplarlo. Tal vez ya estaba muerto.

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Breve historia de amor

 

Voy a contarles un cuento. Esta es la historia de dos personas que se conocieron en algún lugar del mundo que no les pertenecía, que se hablaban en una lengua que no era materna para ninguno, porque venían de mundos diferentes.

Él era un muchacho alto, de cabello castaño claro y ojos tristes, venía de un país al que ella nunca jamás había ido, pero ubicaba en el mapa, de una ciudad cargada de nostalgia, como él, que estaba buscando el mejor lugar para ver las estrellas.

Ya había buscado en una buena parte de los países del viejo mundo, en las ciudades desdichadas, en milenarios monasterios incrustados en montañas altas, en desiertos; probó suerte en el país con los animales más exóticos del planeta, hasta que alguien le dijo que lo que él buscaba se encontraba en el nuevo mundo, así que hizo su maleta, se despidió de sus familiares y pertenencias y partió.

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La teoría de las personas: dos

A todos ellos.

No recuerdo cuándo fue la última vez que vi a mi mejor amigo, o a mi mejor amiga, pero sé que ambos me han cuestionado el título de “mejor amigo” y “mejor amiga” precisamente por la aparente falta de atención, ausencia de mensajes y las interacciones esporádicas en lugar de frecuentes que tenemos.

Una vez en año nuevo me encontré a mi mejor amiga muy borracha, yo estaba muy feliz por haberla encontrado (y porque también tenía unos tragos encima) y cuando la abracé lo que ella hizo fue reclamarme que hacía mucho tiempo que no nos veíamos, que no le mandaba mensajes, que ella no me importaba, incluso me dijo que por qué la seguía llamando mi mejor amiga si nunca la veía.

Durante un tiempo pensé que algo estaba mal conmigo, que era un ser insensible, que algo dentro de mí no funcionaba como debería, pero por más que intentaba no podía cambiar mi manera de relacionarme con las personas, no era que no las quisiera, era que mi manera de demostrar cariño era diferente a lo que ellos esperaban, hasta que un día, explicándole una vez más a mi mejor amigo que no lo odiaba, que no estaba enojada, que él sí era importante para mí, lo entendí. Existen en el mundo dos tipos de personas: las personas planta y las personas cactus.

Tanto las plantas como los cactus necesitan elementos vitales para sobrevivir, espacio, tierra, luz y agua. Imaginemos que el agua es la atención que necesitan de otras personas, así tenemos que las plantas necesitan más agua mientras que si se te olvida darle agua a un cactus por dos semanas, no pasa nada, ahí va a seguir.

Ambos tienen muchas subcategorías y de acuerdo a esa subcategoría la cantidad de agua que necesitan: plantas de sol, plantas de sombra, plantas de exterior, de interior, incluso plantas de agua.

Las personas planta son personas que necesitan mucha atención, tienen constantes reuniones con sus amigos, incluso van al cine juntos, se ven cada tres días, tienen múltiples grupos de whatsapp, su teléfono suena todo el tiempo, usan los minutos frecuentes que ofrecen las compañías de telefonía móvil, documentan hasta los aspectos mínimos de su vida en redes sociales, no soportan la idea de estar solos, y casi siempre cuando se encuentran con alguien amarran un próximo encuentro con la frase: “¡pero es en serio, eh! ¡Tenemos que vernos!” y suelen hacer reclamos constantes después de un periodo que ellos consideran prolongado si no se reúnen con los que consideran sus amigos.

Personas Planta

Ilustración: Panké Valdes

Toman a manera personal e incluso consideran ofensa el hecho que no asistas a lo que invitan, te presionan (al grado de hacerte manita de puerco psicológica) para que te comprometas a ponerle fecha a un próximo encuentro, te aplican psicología inversa y chantaje emocional, llevan la cuenta de las veces que los has dejado abajo y si olvidas su cumpleaños es considerado pecado mortal y atentado contra ese vínculo de amistad y confianza que tantos años se tardaron en forjar.

Evidentemente tienen sus extremos, hay plantas que no son tan demandantes ni extremas. El mejor ejemplo de persona planta que conozco (además de mis dos mejores amigos) es mi hermana mayor, ella es una planta de esas que van en los balcones, tiene flores hermosas pero necesita mucha agua. Mucha. No hace manita de puerco, si no le das agua la sabe buscar por otro lado, pero cuando le das agua puedes ser testigo de cómo sus flores crecen y se abren, de esas plantas a las que cuidas porque te gusta mucho verlas florecer. Aunque también hay plantas que no florecen y sólo quieren agua, o le quitan agua a otras plantas, como la plaga.

Las personas cactus son personas que no necesitan tanta atención, incluso si les das agua en exceso se pueden ahogar. Son esas personas que aparecen en la vida de manera intermitente, esporádica, pero cuando las ves es como si no hubiera pasado el tiempo, te ponen al corriente de lo que ha pasado en su vida platicando los aspectos más relevantes y luego vuelven a desaparecer. Ni te molestes en mandarles mensajes, los contestarán de manera cortante, y no esperes un mensaje de su parte o que recuerden tu cumpleaños.

Ilustración de Panké Valdes

Ilustración de Panké Valdes

Son personas que buscan saturarse de actividades y proyectos más que de reuniones sociales. Suelen ser intolerantes, poco pacientes, no les gusta dar explicaciones, son controladoras y metódicas. Disfrutan la soledad y el espacio personal. Cuando llega el agua la disfrutan y la administran, por supuesto que también la necesitan, pero en cantidades moderadas. Son personas que cuando se despiden suelen decir: “luego hay que hacer algo” pero dentro de ellas saben que  no va a pasar.

Como las plantas, los cactus tienen subcategorías, existen los cactus del desierto, los cactus de interior y las suculentas (creo que son mis favoritas) son personas que tienen fachada de cactus, pero por dentro tienen mucha agua, y para un círculo muy selecto, son un poco planta.

Gracias a esa clasificación pude perdonarme el no ser la mejor amiga que mis mejores amigos esperan, el no tener un grupo de amigos como Friends, How I Met Your Mother o The big Bang Theory, el no seguir en contacto con mis amigos de la prepa, y no ser de esas personas que conserva a sus amiguitos de la primaria. Simplemente es así, hay personas planta y hay personas cactus, y yo, (no me malinterpreten, disfruto y valoro mucho la atención que recibo de mis amistades) aparentemente soy un cactus.

Ilustración de Panké Valdes

Ilustración de Panké Valdes

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Relato de una no-espera

Un extraño olor a lavanda entra por la ventana, tal vez sea la manera del viento de anunciar la primavera, las puertas del balcón están abiertas, las pesadas cortinas verdes se quedan quietas ante las nuevas noticias primaverales, mientras las campanitas se mecen suavemente emitiendo un sonido que me calma por unos minutos. Cierro los ojos. Nunca me ha gustado fumar, pero no puedo evitar prender un cigarro de vez en cuando para dejarlo quemarse en el cenicero, mis labios nunca lo tocan, pero el aroma de tabaco quemándose me da cierta paz, apestando mis ansias, los pliegos de tela, mi ridícula ropa y mi ridícula espera.

A él nunca le gustó ese hábito, pensaba que sólo desperdiciaba sus cigarros, tampoco le gustaba que yo durmiera tanto, que tomara tanto vino y que nunca me quitara los calcetines. Supongo que había muchas cosas de mí que nunca le gustaron. Siempre pensé que lo que le gustaba de estar conmigo era amarse a través de mí. Pero eso se puede lograr con cualquiera. A mi nunca me gustó que fumara, y tampoco esperarlo. Nunca me ha gustado esperar. El cigarro sigue prendido, apestando todo, la copa de vino sobre la mesa y un libro que pretendo leer pero que no he empezado, y no lo voy a hacer, al menos no hoy.

Sigo contemplando la nada, aún tengo una hora antes de salir, la verdad es que espero que llegue antes de que yo me vaya. No llevaré mucho, de hecho casi nada, me llevo mis vestidos favoritos, tres libros, la computadora, un mapa de Sudamérica, mi cuaderno, una pluma que me regalaron, postales en blanco, y otro par de zapatos.

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Mientras espero recuerdo que Ulalume me presentó a “La mujer ignorada” y yo pensé que tal vez lo escribió para mí (porque no conozco a nadie más que lo haya leído) y me sentí feliz porque Ulalume no me conoce y me regaló un cuento. Lástima esté muerta.

Siento que el mundo se detuvo, la canción que se escucha de fondo parece ir más lento, el humo del cigarro suspendido haciendo figuras abstractas, imagino un mundo perfecto, un mundo de la no-espera, donde nadie espera y el mundo no se detiene porque tampoco espera nada y todos sonríen sin penas, ni esperas, ni ansias.

Pero dejo de imaginar y sigo en el departamento, con la mujer ignorada, con mis cigarros olvidados, mis uñas a medio morder, escribiendo que espero y esperando mientras escribo. A decir verdad no estoy decepcionada, en el fondo sabía que iba a pasar, porque siempre pasa. Cuando dijo que iba a volver no esperaba que lo hiciera, sabía que no lo haría, así que espero su no regreso o no espero su regreso y como no llega (o no llegó), no me decepciona. Juan Carvajal me abraza: “No te vayas, dolor, última forma de amar” y Ulalume me aconseja: “Cuando José regresó había dejado de llover y el pequeño apartamento estaba más vacío que nunca”.

La teoría de las personas: uno.

Para todos ellos.

Existen en el mundo muchos tipos de personas y muchas clasificaciones, en lo personal me gusta mucho inventar categorías porque me ayudan a entender a la gente, además es divertido. En la universidad tenía una categoría que se basaba en la marca del agua que tenían las niñas en su casa (bonafont, filtro, ciel, santorini, etc.) muy rara vez fallaba. Tengo otra categoría que divide a las personas en 2: personas planta y personas cactus, con esa se pretende entender por qué unas personas necesitan más atención que otras.

Son varias las teorías que tengo, pero existe una que me ha acompañado desde la prepa y me gusta mucho, son cuatro grupos: personas puente, personas tope, personas brújula y personas radioactivas. Ahora voy a intentar explicarla, espero poder plasmar lo que vaga por mi cabeza en estas líneas. Continue reading