La triste historia del gusano quemador (y cómo no hice nada por salvarlo)

Podrá parecer una pendejada, los bichos mueren aplastados todo el tiempo, sobre todo si son feos. He matado cucarachas y no me arrepiento. Sin embargo el suceso del día de hoy me afectó (tal vez más de lo que debería), y como ya no puedo hacer nada para cambiar lo que no hice, escribo, porque al final de cuentas era una vida y no hice absolutamente nada para salvarla.

Eran las diez treinta de la mañana, decidí ir caminando de mi oficina al lugar donde a las once de la mañana tenía una cita. Para llegar debía atravesar una plancha de concreto que funciona como estacionamiento. No llevaba audífonos, quería que los sonidos de la calle me acompañaran.

Cuando llegué a la salida del estacionamiento vi un gusano quemador, pensé que ahí lo iban a apachurrar y me detuve a contemplarlo. Tal vez ya estaba muerto.

Escuché llantas sobre el concreto, un carro rojo se acercó a la salida, en cuanto el gusanito escuchó (o sintió las vibraciones) se empezó a mover; a medida que se acercaba el carro, el gusano aceleraba la velocidad de sus movimientos. Yo seguía quieta, observando la escena, el gusano intentando ir hacia algún lugar para alejarse del peligro.

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Dramatización de escenarios donde los gusanos no son bienvenidos I

Me giré buscando algún refugio para él. A unos metros, debajo de un puente peatonal, afuera del estacionamiento, estaba el paraíso de los gusanos quemadores: un bufete de muchas plantas, con muchos tonos de verde. Cuando voltee para ver al gusano vi que se había salvado de las llantas por diez centímetros. Me sentí aliviada.

Pensé que se me hacía tarde, así que retomé el camino para la reunión; pero a unos pasos me detuve porque encontré un no-sé-qué de plástico que podría servir para transportar al gusano del asfalto al bufete debajo del puente peatonal. Pensé un momento en si debía hacerlo o no. Decidí tomar el instrumento levantador de gusanos y regresé a buscarlo.

Una camioneta gris se acercaba a la salida, hice contacto visual con la conductora, que no iba muy rápido, me sostuvo la mirada tal vez cinco segundos, suficiente para pedirle que se detuviera, pero no le dije nada, no me moví. Ella avanzó. El gusano trató de escapar del peligro, pero las pesadas llantas le pasaron por encima. Cuando escuché cómo tronó, apreté mi estúpido instrumento levanta gusanos y cerré los ojos. Una parte de mi pensó que milagrosamente se había escapado, pero al abrir los ojos y ver que a su lado había un líquido que debería de ir adentro del gusano, entendí que era muy tarde. Eso ya era un cadáver.

La conductora me veía muy confundida, claro, ella no sabía que era una asesina. Y pensar que a unos pasos estaba el paraíso… Yo sé, ese gusano pudo haber muerto otro día, en otro momento, bajo otras llantas, con otros ojos como testigos… Si hubiera sido más rápida, si le hubiera hecho un gesto a la conductora, si no me hubiera ganado la desidia…

Durante el camino a la reunión traté de consolarme, pensando que la muerte es inevitable, y sé que cualquiera que escuche (o lea) esta historia, podrá decir que “era sólo un gusano”. La realidad es que gusano o no, era una vida, y lo que a mí me afecta es que pude haber hecho algo para ayudarlo y no lo hice. Y si con algo tan sencillo como levantar un gusano del piso para ponerlo en otro lugar hago desidia y me congelo, ¿qué más estoy dejando de hacer por consolarme con pretextos pendejos y quedarme estúpidamente quieta en el mismo lugar?

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Dramatización de escenarios donde los gusanos no son bienvenidos II

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