Breve historia de amor

 

Voy a contarles un cuento. Esta es la historia de dos personas que se conocieron en algún lugar del mundo que no les pertenecía, que se hablaban en una lengua que no era materna para ninguno, porque venían de mundos diferentes.

Él era un muchacho alto, de cabello castaño claro y ojos tristes, venía de un país al que ella nunca jamás había ido, pero ubicaba en el mapa, de una ciudad cargada de nostalgia, como él, que estaba buscando el mejor lugar para ver las estrellas.

Ya había buscado en una buena parte de los países del viejo mundo, en las ciudades desdichadas, en milenarios monasterios incrustados en montañas altas, en desiertos; probó suerte en el país con los animales más exóticos del planeta, hasta que alguien le dijo que lo que él buscaba se encontraba en el nuevo mundo, así que hizo su maleta, se despidió de sus familiares y pertenencias y partió.

Cajón del Maipo

Comenzó la búsqueda como se comienzan las búsquedas de estrellas: de abajo hacia arriba. Empezó por el fin del mundo, dónde el frío congela las fuentes de llanto y las manos, la punta de la nariz, los pies, los cachetes y los gestos y siguió con dirección al norte.

En su camino pasó por una de esas ciudades capitales con edificios tan altos que rascan el cielo, atardeceres que parecieran ser de fuego por la contaminación, murmullos de las personas que siempre andan con prisas. Llevaba puestas unas mallas bajo las bermudas, camisa negra de largas mangas, una bufanda gris y zapatos desgastados. Estaba recostado en el sillón de la sala de algún hostal ubicado en el centro de la ciudad capital cuando se sintió observado.

Era una chica (porque no era una mujer pero tampoco una niña) con un vestido morado, mallas y gorro gris, bufanda, zapatos curiosos, cabello despeinado y mirada atenta, ojos muy grandes.

No importa lo que ella le preguntó, ni lo que él respondió, tampoco importa lo que se dijeron después, lo que importa es que se enamoraron como se enamoran las personas que están cansadas de enamorarse: al instante. Debido al atuendo que él llevaba el día que se conocieron ella lo llamaba Peter y como él quería que ella fuera la co-protagonista de su historia, la llamaba Wendy.

Paseaban por las calles de la ciudad capital tomados de la mano, se contaban secretos y se hacían promesas absurdas. Hasta que un día Peter decidió que debía seguir su camino, así que se fue, lanzando un beso al aire para ella, que lo vio alejarse por la ventana.

Santiago

No sabemos cuánto tiempo pasó, tal vez varios días, tal vez dos semanas, o un poco más, no sé, habrá que preguntarles, pero él se dio cuenta que no quería buscar el estrellas, porque había encontrado algo más, así que le escribió a Wendy que quería regresar. Acordaron verse en un punto medio, entre el norte y su sur, entre el mar y las estrellas, eligieron Coquimbo.

Peter consiguió un lugar que parecía un castillo, lleno de plantas y ventanas muy altas, la recibió con un clavel rojo en la estación de autobuses el día que llegó, la trató como princesa, no soltó su mano, la colmó de besos y se deshizo en atenciones como todos los enamorados: desayuno a la cama, comidas en el puerto, bailar junto a lobos marinos canciones románticas, le dijo las cosas más lindas del mundo en todos los idiomas que conocían… romance divino, él no estaba seguro de si valía la pena seguir al norte, si lo que él quería estaba en el sur.

Pero así como la música pierde melodía, la pintura pierde anécdota y la novela pierde descripción, las historias de amor no están completas si no hay un corazón roto. La magia se fue desgastando.

Ella sintió que se marchitaba, que perdía color, que vivía en un sueño que no era el suyo, se aburrió de ver estrellas, se cansó del olor a puerto, la brisa salada, los vestidos de princesa, de dejar la ventana abierta… Ella quería perseguir sus propios sueños, se cansó de jugar, la cansaron los cuentos y protagonizar historias de amor.

Una mañana, mientras él aún dormía, ella empacó sus cosas y una camisa negra de mangas largas, cerró las ventanas, escribió una nota pero no fue capaz de dejar, se dirigió a la estación de autobuses y tomó el primero con dirección a la ciudad capital, se hizo la promesa de que nunca más volvería a verlo.

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Cuando él despertó la habitación estaba vacía y la ventana cerrada, se hizo la promesa de que iba a encontrarla, así que siguió al norte, sabía que tarde o temprano ella volvería a su país de origen. Pasaron los meses y él siguió con rumbo al norte, hasta que llegó a una pequeña ciudad donde consiguió empleo como mesero a pesar de no hablar el idioma, encontró un lugar dónde vivir y supo que ella había vuelto y estaba sólo a un par de horas de dónde él se encontraba.

Le escribió muchas veces, pero ella nunca respondió, el permaneció en la pequeña ciudad, esperando, los días se volvieron meses y los meses años. Conoció a otra mujer, se enamoró de ella y se fueron juntos al sur, fueron felices, o eso supuso ella cuando se enteró, una noche que, platicando con músicos de una pequeña ciudad al norte, le contaron la historia de un joven mesero del viejo mundo que se hacía llamar Peter y había llegado a sus tierras buscando a una joven, que como ella, tenía los ojos muy grandes, pero que nunca la encontró, también supo que aprendió a hablar el idioma con fluidez y se había comprado un telescopio para poder ver las estrellas desde cualquier lugar del mundo.

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One thought on “Breve historia de amor

  1. AnonimoRA

    Te encontré de pronto por aquí. Como no uso redes sociales, tuve que recurrir a tu extraño nombre para saber un poco más de ti.

    Me ha encantado tu historia. La forma en la que escribes me recuerda a mis improntas y desgastadas historias de Amor. Esas que, por buen o mal augorio se me hicieron realidad.

    Veo que, además de la música y las comunicaciones, también te gusta escribir.

    Nos veremos, chica de ojos grandes.

    Reply

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