Sobre su memoria rosas blancas

Escribiré un cuento sobre él, el señor cincuentón que quedó desconcertado al ver a una joven, casi una niña, salir corriendo del bar que era prácticamente suyo, porque pasaba mucho tiempo ahí y conocía a todos los asistentes, pero a ella no, menos con esa mirada, menos con esa prisa, en este bar nadie tenía prisa, ni penas.

Ella irrumpió y destruyó toda la armonía, casi se le estampa por no fijarse por donde corría, corría a prisa, para salir de ahí mientras el entraba y casi se impactan, ¿quién eres niña que corre y a dónde vas con tanta prisa?, mientras Valente Pastor cantaba una canción cuyo nombre no podía recordar, tal vez se llama now or never o una pendejada del estilo, volviendo a la prisa y a la joven casi niña que corría a un rumbo y destino desconocidos para el caballero que aún la miraba, les cuento que ahora ella le daba la espalda y hablaba por teléfono, como si él no existiera, ¿cómo se llama este cuento? ¿El hombre ignorado? ¿Qué demonios le pasaba a esta mocosa?

Yesterday es el nombre del bar y ahora él la recuerda, a ella, a Mariana y se imagina que la chica delgada es sólo una Mariana más, una perra sin corazón, una bruja desalmada que devora corazones, que destruye vidas y arruina seres, una puta Mariana. Y probablemente ahora al pobre diablo con el que está hablando le está diciendo las cosas más hirientes, sus áridas palabras le corroen todo el ser, esa puta lo está matando, alguien debería prevenirlo, informarlo de las desgracias que le acontecerán si sigue escuchándola, si a él le hubieran advertido las desventajas que tendría querer a Mariana se hubiera ahorrado muchas heridas, llantos, gritos, gastos e intentos de suicidio.

Sobre su memoria rosas blancas

Sale mucho más barato enamorarse de una María, de una Guadalupe, Nancy, Yesenia, Rocío, Magdalena, Esther, pero las Marianas son de armas (y carteras) tomar, esa alimaña, sanguijuela, odioso ser despreciable, al que el cincuentón atribuye todas las desgracias globales, sigue contoneándose por el lobby del bar, su bar, así que se acomoda la camisa y endereza la espalda, duda, pero se decide, le reclamará el casi haberlo lastimado (e interiormente le reclamará a Mariana el haberlo dejado), la chica, con sus estúpidas piernas comienza a moverse, meciendo su majadero cuerpo en el estrecho marco de la puerta, mostrando su estúpido perfil, sus labios pintados cual puta con rojo carmín, su cabello recogido como guapa en tiempos de López Mateos, sus ojeras escondidas tras una cortina de maquillaje barato que probablemente compró en alguna farmacia al 3 x 2 y el vestido de tela chafísima blanca  que seguramente adquirió en alguna tienda a 18 meses sin intereses.

Mariana, el otoño, el olor a ciruelas, arándanos y a Mariana, a su presencia, toda la casa llena de ella, que con sus torpes manos y un pésimo gusto, había decorado el lugar, que consiguió plantas e inciensos que la hacían estornudar, la inútil de Mariana que nunca aprendió a cocinar y se tronaba los dedos, se mordía las uñas, no tendía la cama, tiraba la comida que no pagaba y derrochaba gasolina a lo pendejo porque sus perezosas piernas no querían llevarla ni al oxxo. Hace mucho que no pensaba en ella, pero esta nefasta tuvo que invocar su memoria, esa desgraciada abrió la caja de pandora y debía pagar por ello…

El cincuentón planea su venganza, le escupirá a la chica de cuerpo infantil todos los insultos que las Marianas merecen, la va a devolver a su tamaño original y la expulsará del bar para que no pueda lastimar más a nadie, le arrebatará el teléfono y lo arrojará hasta el camellón, donde por suerte un carro se tropezará con el cuerpo de la chica y la sacará volando, sin lastimarla mucho, pero así una ambulancia se la podrá llevar lejos, o mejor aún, advertirá al incauto del otro lado de la línea los peligros que le esperan con esta bruja y salvará una vida, y arruinará a una Mariana, o podría tirarle el trago encima, despeinarla, empujarla, humillarla.

Eso haría, la humillaría, la jalaría del cabello, dos pasos más cerca, se prepara, la mano izquierda toma vuelo, antes de interceptarla le dedica a Mariana la canción que se escucha ahora, “Amor desolado”  y el siguiente movimiento, la chica advierte que algo sucede, su cuerpo gira 45 grados, sin soltar el teléfono ni perder la inclinación de la cabeza, le sonríe, gentilmente,  al sujeto que se aproxima, quien se detiene en seco, abre los ojos con ese gesto de sorpresa que todos hemos hecho alguna vez cuando nos cachan en alguna travesura, recupera la compostura, se acomoda la camisa, se acerca un paso más y llena de aire sus pulmones, la chica pone una mano en la bocina del celular y antes de que pueda preguntarle al caballero si algo se le ofrece, este exhala:  Te vas a morir sola, puta.

Sigue de frente, dejando tras de sí la imagen de una chica con cuerpo infantil desconcertada y decide irse a otro lugar, este ya está pasado de moda y cualquiera puede entrar, mejor irá a una cantina, a brindar porque ha olvidado a Mariana.

sobre su memoria

Fotografías de Roberto Ornelas Orozco

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