Como lo prometí

Ambos eran estudiantes de universidad cuando se conocieron, fue en una conferencia sobre fotografía análoga donde entablaron su primera conversación, y si no fue amor a primera vista si fue un romance, como todos los romances universitarios, con varias entrevistas y sesiones, donde les pareció, después de examinar minuciosamente al otro, que sería una buena idea caminar de la mano por los pasillos y pasar tiempo juntos.

Se entendieron muy bien y pasaron juntos más de 175 días, haciendo las cosas que hacen lo que están juntos, hablaban de las cosas que hablan los que se quieren, se peleaban, se pensaban más de 7 minutos diarios y se extrañaban cuando no estaban cerca uno del otro, se leían poemas, se dedicaban canciones, entre las demás actividades que realizan los que están juntos y se quieren. Como todas las parejas tenían sus chistes locales, crearon una burbuja sólo para ellos y se hicieron promesas que no se tomarían la molestia de cumplir. Un domingo, caminando por el centro de una ciudad mexicana se encontraron un libro de un autor que a ambos les gustaba mucho, ella le apostó que aquel libro era el primero que había escrito y él le aseguró que perdería la apuesta porque ese libro era el segundo.

– Te apuesto el resto de mi vida a que este es el primer libro – dijo con el libro en la mano izquierda y mirada retadora.

Siguieron caminando, tomados de la mano como habían decidido, riendo, mirando el cielo y disfrutando la ciudad.

Guanajuato

Como todos los amores el suyo comenzó a desgastarse y al pasar los días decidieron que ya no era una buena idea seguir juntos, conscientes de que el final se aproximaba hicieron lo que hacen la mayoría de las personas a las que no le gustan las despedidas, dejaron de verse, de hablarse y de pensarse, así ellos no se dieron cuenta cuando fue exactamente cuando sus caminos se bifurcaron.

Pasaron los años y pasaron muchos otros romances, él anduvo de bar en bar y de mujer en mujer, dejó México y se fue a Cuba, vivió en un modesto cuarto en el segundo piso de una tienda de abarrotes, aprendió a forjar cigarros como Benito, bebía wisky on the rocks, disfrutó de los mejores puros, en las mañanas lidiaba con malestares físicos producidos por el exceso de alcohol y por la noche tocaba en un bar. Ella conoció a un caballero que decía amarla, con el que tenía muchas cosas en común y lo llegó a querer bastante, ya estaba en la edad a la que a las mujeres no les gusta estar solteras, como no tenía muchas cosas que hacer, mucho tiempo libre y no le interesaba conocer a más personas, accedió a casarse con él.

El día de la boda ella llevaba un vestido de esos vestidos que usan las mujeres que se casan con bodas grandes e invitan a más personas de las que conocen, en una iglesia grande, con un sacerdote amable y frente a (aproximadamente) 250 personas. El sacerdote estaba a medio discurso cuando por la entrada principal entró él, quién había regresado de La Habana, caminando sin prisa, ni agobios, ni penas, ni ruido, por eso nadie lo notó cuando se aproximaba al altar, fue entonces, cuando a unos metros de la novia se detuvo, la llamó por su nombre, ella giró la cabeza, lo miró y se aproximó hacia él dando 6 pasos firmes, él le extendió el libro que llevaba en la mano, ella lo miró a los ojos antes de tomarlo, presintiendo lo que ese libro escondía. En efecto. Era el libro del autor que a ambos les gustaba, reinaba un silencio de esos incomodísimos que son como un hechizo que nadie se atreve a romper, era el mismo libro que se encontraron aquella vez en el centro de una ciudad mexicana.

Cerró el libro, caminó de regreso al altar, miró a los ojos de su ex futuro marido, le puso una mano en una mejilla, le regaló un beso tierno, le tendió la mano.

– Fue un placer conocerte, muchas gracias. – Estrechó su mano, estrechó la mano del sacerdote, le entregó el ramo y el libro a su dama de honor, que era su hermana, se levantó el vestido y caminó hacia él, sin tomarse de la mano, sin prisa ni angustias, entre murmullos, salieron de la iglesia.

La madre de la novia estaba escandalizada, el novio estupefacto, la gente conmocionada, queriendo hilar una bella historia de amor que resucitó entre los antiguos amantes, imaginando que se fugarían a La Habana, que escaparían al sur, que tomarían fotografías análogas. La hermana de la novia era la más confundida de todos los asistentes, con el libro entre las manos, en la primera página tenía el nombre de la que minutos antes fue la novia y una dedicatoria: Este ejemplar es el segundo libro que escribí, disfrútalo. Y la firma del autor, inconfundible.

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