Etapas de un viaje

Si me preguntan (o aunque no me pregunten), yo diría que un viaje (independientemente de la duración) se divide en tres etapas: proyección, transición e inmersión. La primera etapa <<Proyección>> es lo que una persona espera encontrar en ese viaje, lo que cree que va a hacer, aprender, conocer, los planes; cuando se llega a un mundo nuevo y se observa todo con mirada de sorpresa y asombro, cuando los gestos y los rasgos son extraños e incluso hacen que la persona se sienta totalmente fuera de lugar, las primeras caminatas, las primeras interacciones con los habitantes del mundo que se visita, los sueños que se generan a partir de una idea…

A la segunda etapa la llamaría <<Transición>> es el momento en el que la persona siente que comienza a entender una parte del nuevo mundo, cuando siente que se acerca a las respuestas que buscaba, pero comienza a olvidar las preguntas, cuando ya ha empezado a crear una rutina, comienza a tener preferencias sobre enceres básicos: galletas, leche, pan, vino, cerveza… cuando empieza a hacer las cosas que quiere y no las que “siente que tiene” que hacer, comienza a hacer caminatas por callejones en vez de visitar las atracciones principales, a ir a ciertos bares de mala muerte en vez de a la zona turística y cultural, comienza, sin darse cuenta, a saborear de ese nuevo mundo al que ha llegado, sin la presión de ser un turista más que transita sus calles, y poco a poco se desprende del mundo del que viene.

Irlanda

La tercera etapa es la <<Inmersión>>. Cuando llega la inmersión la persona difícilmente se da cuenta, sucede cuando los días del individuo comienzan a fluir con el ritmo de la ciudad, a adoptar los movimientos de las personas que lo rodean; deja, sin darse cuenta, en una caja arrinconada que se llena de telarañas, las expectativas que tenía al inicio del viaje, se deja envolver por nuevos sonidos, nuevos ritmos, usa nuevas palabras, tiene nuevos filtros para contemplar la realidad… Es una metamorfosis imperceptible (o casi) en la que el individuo termina sumergiéndose en ese nuevo mundo.

Poco a poco se deja de sentir un extraño, comienza a adoptar los sonidos, los gestos, el lenguaje, a entender las miradas, los ritmos, las palabras, a acostumbrarse a los sabores, al sonido, a los edificios, las calles, los rasgos de las caras, el tono de la piel de los habitantes de ese mundo…

Y justo cuando el viajero cree que ha conquistado ese nuevo mundo es cuando debe volver, debe dejar una parte de él en ese lugar y llevarse tan solo vagos (y distorsionados) recuerdos, porque la memoria es caprichosa, recuerdos que no caben en una imagen, ni en palabras acumuladas.

Debe volver, procurando no llevar demasiado, por aquello del exceso de equipaje, preocupado de no haber hecho o dicho suficiente, frustrado de no poder llevarse con él a esas personas, esos lugares, aromas, emociones, rasgos, gestos, canciones, calles, callejones…

Pero al final son las personas y no los lugares (contrario a lo que erróneamente podríamos llegar a pensar) de las que nos enamoramos, de las que aprendemos, y a las que, por supuesto, extrañamos.

1

Es sólo a través de las personas que podemos vivir la etapa de inmersión, sumergirnos en un mundo ajeno cuando alguien nos muestra fragmentos de su mundo, nos permite conocerlo, mirar el mundo con su filtro, desde su ángulo, con su idioma y sus palabras, cuando nos movemos del lugar en el que siempre habíamos estado; es con esas personas con quienes decidimos probar algo diferente, con quienes descubrimos colores, sonidos, sabores, gustos, ritmos, bailes… una nueva cerveza, una nueva canción, un nuevo té, una nueva perspectiva, un nuevo ángulo, un nuevo idioma, nuevos colores, un nuevo mundo…

Y es entonces cuando el tiempo se termina y es hora de volver al mundo propio. Lejos, dejando atrás todo, personas, lugares, momentos, edificios, bares, canciones, bailes, y por supuesto, siempre se deja la promesa de volverse a ver.

Lo maravilloso de esa promesa es que hace más fácil la despedida, porque alimenta la esperanza de la posibilidad de volver a compartir un instante. Pero por dentro todos le temen a la probabilidad, ¿cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? Son preguntas que se procuran dejar para después, porque la respuesta (que todos siempre tenemos) es la misma: No sé. Y no saber mata la esperanza, y con ella una parte de nosotros se marchita.

La inmersión es la mejor parte de un viaje, la más efímera, la más valiosa y la más dolorosa, pero la que nos da lo que tanto trabajo cuesta encontrar: maestros, experiencia, inspiración, motivación y esperanza…

No importan las 25, 36 o 48 horas que tome estar en un avión, aeropuerto o camión, porque vale la pena, todos sabemos que al final, a pesar de lo mucho que pueda doler salir de ese mundo, despedirse de esos lugares y de esas personas, a pesar del dolor de espalda y de la necesidad de ver a un quiropráctico, lo volveríamos a hacer, una y otra y otra vez.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

w

Connecting to %s