Crónica de un viaje

Frankfurt, Alemania

Frankfurt, Alemania

Siempre me ha parecido de lo más naco que las personas aplaudan cuando el avión aterriza. ¿Qué piensan? ¿Por qué aplauden? ¿Es acaso su manera de agradecerles al capitán y al equipo? Siempre me ha parecido inexplicable.

En fin. Llegué al aeropuerto con extremada anticipación porque había llovido mucho y me sugirieron que tomara precauciones, el vuelo salía a las 8:40, tenía que estar 3 horas antes en el aeropuerto, 5:40, por los que llegué a las 4:15. Documenté maletas que no fueron revisadas, pude haber llevado cualquier cosa y a nadie le importó, después fui a comer a uno de esos restaurantes carísimos.

Cuando consideré prudente pasé a la sala de espera internacional, puerta 33, me quedé en un café con internet gratis, esperé a que fuera la hora leyendo un libro que recién había comprado y viendo el nuevo video de Belinda que proyectaban en el lugar, naquísimo, ella dando vueltas en un paisaje súper chafa nevado.

Dieron las 8:00pm, cuando todos estaban haciendo fila para abordar una voz nos dio un mensaje: al avión le había caído un rayo y lo estaban revisando para determinar si era o no seguro viajar. Un rayo. Al avión. Once puntos fueron tocados. Sentí que se me detuvo el corazón. Siempre he tenido una suerte extraña para los viajes, no importa el medio de transporte: se desmoronan cerros y el carro se queda atrapado 7 horas en una fila infinita de carros, choca el camión 5 minutos antes de llegar a la central, pierdo un vuelo de conexión en un aeropuerto en medio de la nada que sólo tiene 4 puertas, y ahora un rayo…

Antes de irme me llegaron muchos mensajes de muchos amigos a manera de despedida, pero parecía como si todos pensaran que jamás iba a volver, se despedían cariñosamente, agradecían el haberme conocido y esperaban que se volviera a presentar a oportunidad de volvernos a ver. Como si me fuera a morir. Pensé que no debía preocuparme… pero ahora, escuchando esa voz sólo pensaba en una cosa: Destino final, nos vamos a morir todos y nunca los voy a volver a ver.

Decidí no decirle nada a mi familia porque no quería preocuparlos de más, mejor que se enteraran en las noticias, me aferré a la póliza de seguro esperando que empezara a contar desde ese día y cubriera muerte causada por rayo en el avión.

Media hora después nos comunicaron que ya podíamos abordar, yo solo pensaba de nuevo en destino final, me di cuenta que estaba temblando cuando me levanté para formarme en la fila de la muerte, le pregunté a una señorita si era seguro viajar, porque yo no me quería morir. Me dijo que sí y me regaló un periódico.

Encontré mi lugar, junto a la ventana, muy cerca de un ala, al menos lo último que vería sería el cielo. Un olor como a currí, muy intenso llegó hasta mi nariz perturbando mis meditaciones, le pertenecía a un hombre alto que se aproximaba, no quiero decir que era un mal olor, simplemente mi nariz no acostumbrada lo encontró fuerte y algo desagradable, escuché que dijo el número 33b, justo al lado de mi asiento. Perfecto. Me dije a mi misma que me tomaría unos minutos acostumbrarme, aún tenía la vista al cielo nocturno para distraerme.

El hombre se sentó a mi lado y me dio las buenas noches con mucha amabilidad, le respondí conteniendo un gesto con la nariz, y mirando sus ojos cafés, tenía un acento curioso.

–          ¿Errres mexicana?

–          Sí – le respondí automáticamente, guardando mi pasaporte

–          Yo soy Iraní

El mundo se detuvo, ahogué un grito que no salió de mi boca, “ya valió verga” pensé, “nos va a matar a todos”. Inmediatamente aparté esos pensamientos estúpidos, ignorantes y racistas de mi cabeza, es una tontería lo que estás pensando de este buen hombre que quiere interactuar contigo, un estereotipo que te ha forjado la prensa amarillista y esos gringos de Estados Unidos, a pesar de todo, interiormente me encomendé a todos los dioses que he conocido. Me dijo su nombre.

–          Vendo tapetes persas en Veracruz, ¿tú cómo te llamas? ¿qué haces?

“Dile que te llamas Melisa, y que estudias turismo en Puebla”

–          Me llamo Valeria y estudio Gestión Cultural en Guadalajara- “¡Mierda, Valeria! Ya no le digas nada, cállate, ponte los audífonos”

–          ¿Vas a Frankfurt? – “dile que sí”

–          No, a Dublín – “¡Mierda!”

–          Yo voy a Dubai

Nuestra interacción se vio interrumpida por el asistente de vuelo que nos pedía que cerráramos las ventanas,  así lo hice, lentamente, pensando que lo último que vería sería la revista de Dutty Free que estaban repartiendo.

Respiré profundamente, me sudaban las manos, yo exhalaba suspiros continuos de desesperación, me faltaba aire, cerré los ojos.

–          ¿Tienes miedo? – Dijo el buen hombre y yo no pude evitar abrir los ojos, mirarlo con cierta desconfianza y apretar los dientes – ¿Te dan miedo los aviones? – corrigió como si hubiera sentido mi pavor.

–          Sí, cuando les cayó un rayo sí. Nos vamos a morir – Le dije convencida. Reprimiendo un gesto con la mano para persignarme

–          Tranquila, todo va a estar bien – Me dio unas palmaditas en el brazo y logré calmarme un poco.

Estuvimos platicando sobre el clima de Veracruz, la comida de la capital y que teníamos hambre, todo iba bien y yo comenzaba a relajarme, sirvieron la cena, cuando estaba a punto de dar el primer bocado el hombre se tapó la cara con una mano y con un gesto muy solemne empezó a mover los labios, ¿a quién le estaba rezando?

Terminamos la cena y nos quedamos dormidos. En un momento sentí que me faltaba el aire, soñé que llegábamos a Alemania y no sabía cómo pedir mi maleta, entonces la perdía. También soñé que el rayo la había achicharrado con todo lo que tenía adentro, y que el perrito que habían documentado también se había muerto. Soñé que en realidad todo era un sueño y nunca había abordado el avión. Soñé con tapetes persas y pollo crudo. Soñé con mis perritas, mi mamá y mi hermana. Soñé con despedidas y reencuentros.

Alguna vez escuché que los sueños duran en promedio 5 minutos, no sé cómo pero desperté hasta que el buen hombre me dio palmadas en el brazo para despertarme porque ya habían servido el desayuno, me di cuenta, por las marcas en mis manos que me había aferrado a la cobija todas esas horas y me dolía la mandíbula de tanto que había apretado los dientes, tenía las piernas entumidas porque me había hecho bolita y tenía el descansabrazos tatuado en el abdomen porque me había replegado a la ventana.

–          ¿Dormiste bien?

–          Sí – Por fin pude soltar una mentira inútil.

Mientras desayunaba observaba de reojo al hombre que estaba rezando. Pensaba en lo estúpido que había sido mi miedo, en lo fácil que absorbemos estereotipos y lo perjudiciales que pueden ser. En el miedo constante que tenemos infundido, en la trata de personas, en que los aeropuertos son tierra de nadie, en que estaba mareada y que no tenía mucha hambre.

Por fin pudimos abrir las ventanas, el avión ya iba a aterrizar. Frankfurt se fue asomando entre las nubes y con inclinaciones de un lado hacia otro el avión se fue acercando a tierra hasta que con un ligero golpe que nos sacudió a todos, las llantas tocaron la pista, y cuando por fin aterrizó el avión, nadie aplaudió, pero por dentro yo tenía muchas ganas de hacerlo.

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6 thoughts on “Crónica de un viaje

  1. Alejandra

    Haha lo ame en verdad jamás había leído nada de lo que escribes y en verdad la Manera tan peculiar y tan tu de describirlo me hizo reír y acordarme de esas sensaciones (: felicidades srta en dónde se encuentre y suerte (:

    Reply

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